Hubo una vez un lugar en el que siempre era invierno. Donde las narices siempre hubieran estado rojas y tapadas por las bufandas, no había cisnes y uno podría haber sabido a dónde iba una persona con sólo verle el aliento. No nevaba, porque no llegaba la lluvia y por eso cuando nevaba, era como el primer día de tu primer año en la escuela.
No había edificios altos de esos que pasan los cincuenta pisos, ni tampoco bajos, de esos que no llegan a los tres. Las calles no eran de nubes pero no pasaban nunca autos, no tenían baches de esos que te hacen golpear la cabeza contra el techo de felpudo, ni poca luz. Pero los autos se habían ido de este lugar con los cisnes. Nunca hubo un robo ni un asesinato. Tampoco ninguna maldad cometida de parte de alguien hacia nadie.
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