Y así como las cosas que uno pinta no se mueren, pinté las flores y pinté las caras que no quería que se fueran nunca. Pero aquel día llovió tanto que borró todo lo que había pintado y solo me quedé a ver como se difuminaban en el espacio-tiempo. Y después me dijiste, que el universo está adentro de la cabeza de uno, todo está ahí, el bien, el mal, el cosmos extenso. Y como todo está acá adentro me cortaste la cabeza para que mire por los binoculares de mis ojos y como una película nos vi, ahí, caminando de la mano en las piedritas rojas. Me dijiste que te habías muerto y que no importaba porque yo también me iba a morir y podíamos dormir en las nubes cerca de donde daba el sol. Te constesté que no quería morirme, que prefería vivir y esperar a que vuelvas y como entendiste que yo no entendía y que nunca te iba a entender, te fuiste, y cuando me desperté te vi durmiendo con total tranquilidad al lado de una chico más linda que yo, que tampoco te entendía pero se murió y durmió al lado tuyo. Y me puse celoso pero te dejé dormir en paz, porque no tenía más nada que hacer y porque en la nube no entrábamos los tres, y porque si me hubiese subido a tirarlo al piso probablemente hubiese terminado cayéndome, y porque a pesar de estar durmiendo al lado de el me susurraste al oído que todavía me amabas mucho.
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