Nos mirábamos a los ojos, como quien busca un cómplice para atracar un banco, y no hallábamos la respuesta deseada. A veces parecíamos acercarnos, como dos gatos en celo que solo buscan saciar un instinto animal, sin ninguna otra aspiración, sin ningún remordimiento. Pero tanto exceso terminaba por hacernos mal. Los horarios se convirtieron en el peor aliado a una vida digna. Una vida exenta de heroicidades y dependencias. Algo así como tratar de vivir de espaldas a la realidad, sabiendo exactamente donde colocar las manos, sabiendo como mover los labios. Era una estupidez. No íbamos a recuperar el momento.
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