miércoles, 1 de mayo de 2013

Te descubrí vendiendo postales, y como el resto no creí ni una palabra. Aún así compré dos, una del infierno y otra del cielo. Me hiciste ver que si permanecía a tu lado, las postales se volverían reales. Y mi única forma de comprobarlo fue dejando todo. Porque nadie entra al cielo sin dejar su vida que tanto le costó hacer. Y créeme, que la única manera de entrar al infierno es dejando todo aquello de ti que vale. Y sí, lo di todo. No a ti, sino a mí, lo perdí para tener otra cosa, algo nuevo, pero lo nuevo no es así para siempre y lo gastamos, lo usamos y sobre todo lo arruinamos. Y dejó de ser bueno, nuevo y sorprendente. Ahí fue cuando me di cuenta de que acostumbrarse a no esperar nada predecible era demasiado peligroso. Además en tierra no hay paraíso, sólo postales, pero el infierno es cosa de los seres humanos. Y no te puedo culpar porque yo te pedí que improvisaras algo sobre lo que nunca habías leído. Porque sabías poco sobre los lugares que vendías

No hay comentarios:

Publicar un comentario