Si al menos hubiera sido capaz de decirle cuánto la amaba. Me lastimaba pero no podía separarme completamente de ella, nadie me había amado asi, y patologicamente recaía una y mil veces. Ella adoptaba posturas y apariencias físicas acordes a las mujeres que me acompañaban mientras tanto yo buscaba cómo olvidarla. La pequeña no era conciente de lo mucho que yo la amaba, todo lo que yo pude darle siempre fue poco. Yo creía en ella, confiaba en su amor, y le suplicaba que se cuidara, que no cometiera locuras con su cuerpo y que sobre todo fuera fuerte y actúe con madurez.
Ese dia me arrepenti de haber ido. Aunque me llevaba su mirada, sus ojitos fijos en la ventana como esperándome, y una leve gesto de alegría al verme, que me indicaba que la pequeña mujer iba a estar bien. Inmerso en mis pensamientos, miré mis manos y ahí estaban las flores simples, como testigos mudos de esos momentos tristes. No había podido dárselas, y se iban conmigo al lugar donde me habian mandado, afuera, lejos de ella. Donde siempre estuve, lejos, fuera de su entorno, rechazado y culpable. Hubiese sido tan bueno para ella estar conmigo aunque sea un rato, pero para todos yo era el verdugo. Y la quisieron proteger de mi, sin saber que yo la curaba, la consolaba. Y sintiéndome mil veces un NADIE, arrojé las flores simples por la ventanilla del auto, como hubiese querido arrojar también ese recuerdo de mi alma.
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