viernes, 22 de noviembre de 2013

Cartas a sonora

  El abismo entre tus labios y los míos era cada día mayor. Cada día, hasta que llegó un punto en el que no pudo crecer más. Éramos juguetes rotos. Fue bonito mientras duró, mientras las hormigas pudieron cantar sus canciones sin que nadie las pisara, fueron felices. Mientras tú y yo pudimos cantar Hey Jude sin que nadie nos viniera a joder también fuimos felices. Pero al final llegaron todos los finales, y es que no es tan fácil regatear los problemas, cuando vives buscándotelos. Recuerdas demasiados momentos alegres como para odiarme, pero no recuerdas los suficientes felices para seguir a mi lado. Estas cosas pasan, me solías decir cuando nuestros amigos dejaban de ser amigos, y nuestros padres se separaban. Luego nos separamos, y me dijiste estas cosas pasan, somos como todos, y no pude estar más de acuerdo. Caímos del cielo al suelo en sólo un segundo, pero de tanto ver los golpes en los demás aprendimos a que no doliera. Y ahora somos amigos, sólo que ya no nos vemos, y nunca me llamas.  



 I love you when you need me. Y todas las camareras se quedaron calladas porque no estaban acostumbradas a tanta sinceridad. Supongo que ni las más viejas del lugar. ¿Lo recuerdas? Yo te contaba que para que las cosas sucedieran, no hacía falta que fueran reales, sino creer muy fuerte en ellas, y que sólo con eso, ya eran. De ahí derivaron muchas conversaciones sobre las cosas que existían y las que no, pero lo más importante pasó a ser el creer en las cosas. Y durante muchos meses nos creímos. Nos creímos a nosotros y a nuestras historias, a nuestras palabras, nos creímos nuestras canciones y nuestros despistes. Nos creímos los reyes del mundo, y podíamos jurar que no había nadie más feliz en todo el planeta. Bien, tal vez algún que otro abogado forrado, y algún que otro artista pedante. Pero estabamos en la cima, y veíamos a todos los demás muy lejos. Tan lejos y tan pequeños. El problema fue que un día te despertaste y no me creíste más. Ni me quisiste más, ni me rozaste más. El problema, es que después de un día bueno, siempre vienen muchos peores. 



Teníamos una vida inciertamente cierta, que era vida, pero era deseo y yo estaba contigo. Ahora no celebro ni siquiera el cambio de estaciones, porque no cambia nada.  
     Ahora mi vida sintigo.  
     En verdad lo que más detesto no son los adjetivos, son los momentos que no van a volver. O sea, lo que detesto es que no vayan a volver, ahora que me despierto cada día abrazado a tu recuerdo y te quiero tanto como antes o más. Y te quiero tanto como antes o más, pero no soy mejor persona. Ni soy mejor amante, ni soy mejor en nada. Tal vez, porque sigo siendo el mismo, te sigo queriendo. Cumplíamos años cada día y te regalaba flores. Mentíamos en las esquinas, pero nos queríamos de verdad.  
     ¿Y ahora? Ahora palabras tristes y sobres cerrados. Ahora empezar de nuevo para otros labios.. 

Aquel verano todas las canciones sonaron tristes. Nos sentíamos invadidos y acobardados. Hubiésemos dado todas las promesas que nos quedaban sin romper a cambio de una sonrisa, o a cambio de una oportunidad. Pero los golpes de suerte ya por aquel entonces no frecuentaban nuestra calle. Ni nuestras vidas. Nos sentábamos cerca de aquellos lugares donde alguna vez fuimos niños. Niños que jugaron. Pensamos en huidas hacia adelante, en escapadas, en mentiras. Pensamos en nuevos nombres, nuevos rostros, y otras bandas sonoras. Pero no nos íbamos a librar de nuestro pasado, pintando sobre la misma pared. Nos dimos cuenta de que no queríamos ser balas perdidas. No queríamos vivir de fogueo, ni engañándonos tan fácilmente. Queríamos una vida que doliera de verdad. Hubo que asumir, y asumimos, que no siempre hay vencedores y vencidos, ni dos caras solamente en una moneda. Hubo que aprender a vivir, aún cuando esas canciones, nos decían que no. 

Nuestro hijo iba a llamarse Invierno. Iba a ser un chico tímido y feliz, de esos que escriben poemas a su primera novia en un pedazo de cartón, y de los que prefieren ir al lago que al parque de atracciones. Iba a llamarse Invierno y a ser muy valiente, iba a tener tus ojos y mis manos, tus labios y mis dedos, y tu nariz. Iba a ser nuestro cielo y nuestra tierra. A aprender a mentir a los veinticinco, porque antes es mejor decir la verdad. Iba a ser bajito y alegre, algo así como de metro sesenta de corazón. Íbamos a ser muy felices, y a viajar por Europa, por África, y por todos aquellos lugares donde alguien necesitara un poema, una foto, o un abrazo.  
Invierno iba a ser muchas cosas, y de él sólo nos quedó el frío.  

Algún día me verás de otro modo. Te girarás y dirás que no me quisiste, y yo pensaré que el mundo a veces es injusto e ingrato. Pensarás que el azul es sólo un color mediocre, uno de tantos, y que, al fin y al cabo, si pudieras elegir, nunca elegirías un color, sino poder volar. Luego mirarás lo que te queda entre las manos. Las cicatrices. Los calendarios. Los acuses de recibo de tantas cosas que nunca llegaron, y las canciones que hablaban de alguien llamado tú-y-yo. Tal vez sonreirás y pensarás que no fui tan cruel, y que cuando te miraba a los ojos decía la verdad. O en el peor de los casos descubrirás que nunca aprendí a mentir y que era cierto. Que te quería y me dolías algunas veces. Que te quise bailar en cada rincón del planeta. En cada palabra vestida de julio. En cada orilla de la ciudad. Que a pesar de todo, si yo hubiera podido elegir, te hubiera elegido para todo. Pero nos pasamos la vida queriendo poder elegir, y no es tan fácil.  
Nunca es tan fácil. 


Bien, terminaré con esto del mismo modo en que tú lo hubieras hecho: sin arrepentirme de nada. Cerraré los ojos y tu nombre será todos mis recuerdos, pero querré tener otros. Querré construir nuevos puentes, y escribir nuevas líneas. Soplaré, porque una vez me dijiste que soplar significa que algo aún se mueve, y que en algún rincón del mundo alguien se está besando. Tus ojos serán otra vez el camino, pero los hallaré en otros cuerpos, y en otras ciudades.  Porque alguna vez fuimos tan felices, y porque la tristeza es puta y se invita a todas las fiestas, escribo nuestros recuerdos y sé que no los verás. Porque la tristeza es la más puta de las putas y yo me enamoré de ella, te pido perdón. Porque lo que queda después del amor son cenizas de lo que fuimos, y porque otros caminarán nuestras calles en nuestros nombres quiero decirte que aún te pienso. 

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