“El
amor es una perdida de tiempo”. Trato de convencerme de eso para
sentirme más hardcore que los demás, para justificar las decepciones,
para quitarle el peso a la soledad. Naturalizar la soledad. A veces creo
que eso es lo que vengo intentando hacer hace tiempo. Adoptar eso de
“estoy bien solo” aunque nunca esté bien. Ni solo del todo.
La
historia nos enseña de entrada que el amor no dura. Incluso en los
cuentos fantasiosos de la biblia. Convengamos que no podes seguir amando
a una boluda que por necesitar comer algo light sacrificó tu estadía
eterna en el paraíso. Sí, se fueron de la mano y a garchar como conejos
para poblar ese mundo feo donde ahora les tocaba vivir, pero a mi no me
jodan: Adán estuvo masticando odio y resentimiento por años y de seguro
explotó un día en que a Eva se le lavó el mate o con alguna otra
pelotudez de ese estilo. Todos
nos hubiésemos recibido de neurocirujanos a los catorce años porque
nunca hubiéramos gastado veinticinco de las veinticuatro horas del día
pensando en por qué no nos llama.
Pero lamentablemente desde chicos nos explicaron en todos los productos que nos hicieron consumir que tenemos que perseguir un “final feliz”. Si hasta cuando fuimos a ver la tragedia marítima más grande porque queríamos sentir en el cine el caos y la destrucción nos encajaron a Jack y a Rose en dos horas cuarenta y cinco de las tres que duraba la película.
¿Qué hubiera sido de nosotros si nos hubieran advertido la parte más espantosa del amor desde el principio? ¿Por qué no nos hablaron de la incertidumbre, el miedo, la distancia emocional, de la decepción constante y de esa espantosa sensación de que el problema siempre somos nosotros? Prefirieron decirnos que el amor todo lo puede y con esa firme creencia nos abrazamos a un barco hundido. ¿Cuánto tiempo nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos entendido de entrada que todo está perdido la primera vez que nos lo dijo? ¿Cuánto tiempo nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos aceptado que el amor no puede con todo? Que el amor no es un estado constante sino un momento de dos personas y que a veces la suma de esos dos momentos donde son felices y aflora el amor no es suficiente.
Si nos hubieran explicado de chicos que el amor no tiene lógica quizás yo no estaría acá sentado, tratando de entender en mi cabeza como terminaste de leerte esto y todavía no me estas llamando.
Pero lamentablemente desde chicos nos explicaron en todos los productos que nos hicieron consumir que tenemos que perseguir un “final feliz”. Si hasta cuando fuimos a ver la tragedia marítima más grande porque queríamos sentir en el cine el caos y la destrucción nos encajaron a Jack y a Rose en dos horas cuarenta y cinco de las tres que duraba la película.
¿Qué hubiera sido de nosotros si nos hubieran advertido la parte más espantosa del amor desde el principio? ¿Por qué no nos hablaron de la incertidumbre, el miedo, la distancia emocional, de la decepción constante y de esa espantosa sensación de que el problema siempre somos nosotros? Prefirieron decirnos que el amor todo lo puede y con esa firme creencia nos abrazamos a un barco hundido. ¿Cuánto tiempo nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos entendido de entrada que todo está perdido la primera vez que nos lo dijo? ¿Cuánto tiempo nos podríamos haber ahorrado si hubiésemos aceptado que el amor no puede con todo? Que el amor no es un estado constante sino un momento de dos personas y que a veces la suma de esos dos momentos donde son felices y aflora el amor no es suficiente.
Si nos hubieran explicado de chicos que el amor no tiene lógica quizás yo no estaría acá sentado, tratando de entender en mi cabeza como terminaste de leerte esto y todavía no me estas llamando.
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