El, se detiene, se detiene en seco y decide que no va. No va y punto. A la mierda con todos. Aunque haya prometido lo contrario y aunque vengan preparando la despedida desde hace tres semanas.
Ignacio odia esas veredas angostas, ruidosas y sombrías. Lleva 18 años transitándolas, pero sabe que no va a extrañarlas a partir del lunes. Ni las veredas ni tantas otras cosas.
Una novia que tuvo hace años solía burlarse de su manía de mirarse en las vidrieras. Ni a ella, ni a ninguna de las otras mujeres que han pasado por su vida, El ha llegado a confesarle la verdad: su hábito demirarse en los espejos no tiene nada que ver ni con quererse ni con gustarse. Siempre ha sido ni más ni menos que otro intento de aprender a saber quién carajos es él mismo. Pensar en eso lo ha puesto más triste todavía. Se vigila de tanto en tanto en las vidrieras mientras avanza sin prisa por esa vereda que no conoce el sol de la tarde. Cuando llega a destino gira en redondo. No va. Definitivamente no va. Tal vez si se apresura puede alcanzarla antes de que llegue a la despedida, porque se ha demorado. No es la primera vez que se le ocurre la idea, pero sí es la primera que consigue acopiar la valentía que necesita para intentar llevarla a cabo. O tal vez es simplemente que lo otro, lo de quedarse a su propia despedida, es un infierno en el que no está dispuesto a cocinarse.
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